Archive for the Historias Category

Aquella vez que fui dos personas

Posted in Historias with tags on 16/07/2010 by Rui

No puedo decir con exactitud el día que me encontré conmigo mismo. Lo cierto es que nos llevamos bien. Uno seguía el chiste del otro y siempre jugábamos Contra the Hardcorps peleando por quién iba a elegir al robot. Amábamos la misma música y reconocíamos cada emoción del otro. Era mejor que cualquier amistad.
A veces se tornaba aburrido, pero ambos sabíamos que lo era. Mucha honestidad. No era necesario fingir nada.

Un día, conocimos a esta chica. Su sonrisa era algo de lo que no podías escapar, era hermosa, era perfecta. Y los dos lo sabíamos. Por eso, también sabíamos que no podíamos estar juntos. Nos dijimos “Hay que solucionar esto”, porque claramente había un conflicto.

¿O no lo había?

Decidimos dejar a la suerte quién iba a quedarse con ella. Lanzamos una moneda.

Pero ella se fue con Roberto.
¡Con Roberto!

Encendimos la Sega Genesis y pensamos que quizás, el robot no debía ser el mejor personaje. Y empezamos a pelear por quién iba a usar a Fang.

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Caminando

Posted in Historias on 26/06/2010 by Rui

Sólo podía escuchar mis pasos, una y otra vez, como un goteo constante, como el ruido de un reloj sin parar. Hacia arriba no veía un final, hacia abajo no podía saber cuanto había recorrido, o incluso, si realmente había avanzado.

De vez en cuando me detenía para tomar aire y descansar mis piernas. Aunque honestamente, nunca noté que estuvieran cansadas.

¿Dónde estoy?
¿Qué es esta escalera interminable?
¿A dónde voy?

Bueno, no es que tampoco esto sea muy distinto a la vida.

Seguí caminando.

El hombre que compraba todo lo que veía

Posted in Historias with tags on 11/06/2010 by Rui

Dicen las voces del barrio de Barracas que hay una persona muy particular. Vestido con un traje de etiqueta viejo y gastado, casi tornado gris por la fuerza que el tiempo impuso sobre el, con parches de todo tipo de telas que recubren agujeros en el mismo antiguo atavío, cruza las calles cargando sobre su espalda un pequeño carro de madera, lleno de objetos de todo tipo. Incluso trajes de mejor porte que aquel que llevaba.

Tuve la suerte de encontrármelo un día, mientras lo vi comprando dos docenas de churros en la parada del colectivo. Lo reconocí inmediatamente, pues personas con un carro no solían subir al colectivo con demasiada frecuencia. Me acerqué a el con intenciones de hablar, y fingí comprar unos vigilantes para entrar en confianza.

—Buenos días —le dije con total naturalidad, sacando el dinero correspondiente para pagar por lo que había comprado.
—Qué tal —me respondió sin siquiera echarme una mirada.

Quizás mi siguiente afirmación no fue de lo más acertada para romper el hielo, pero…

—Me imagino que le gustan mucho los churros.
—No, honestamente no hay nada que deteste más —respondió con una notoria cara de repulsión, mientras el vendedor ambulante lo miraba de reojo, como todo aquel que vende facturas.

Mi colectivo aún no llegaba, por lo que decidí profundizar en la conversación.

—Entonces, ¿Por qué los compró?

Le pregunté eso de alguna manera sabiendo su respuesta. Era el hombre que compraba todo lo que veía, así que resultaba un poco estrafalario.

—Yo compro todo lo que veo a la venta. —respondió señalando con la mirada el cartel en la canasta del vendedor.

Decía “Compre sus churros aquí, promoción por dos docenas”. En principio me pregunté: ¿quién compra veinticuatro churros? Es decir, uno está bien, dos también, tres ya es vicio. Tantos no sirven para nada.

—Entonces usted es el famoso Bertoni. ¿Podría preguntarle algo?

El hombre se alejó hasta un heladero que pasaba ofreciendo tres bombones helados por cuatro pesos. Hacía un frío de locos, pero Bertoni nunca fallaba en su misión.

—Dígame —contestó revisando su bolsillo, que parecía una fuente inagotable de dinero.

La bolsa de churros reposaba ahora en una pila de cientos de cosas en el carro del hombre, el dulce de leche se deslizaba con cautela fuera de la bolsa de papel madera, obedeciendo a la gravedad.

—¿Por qué hace esto?

Un silencio atropellado por el sonido del viento y el movimiento de una pequeña sombrilla en el carrito del heladero se instaló en el ambiente. Bertoni detuvo la búsqueda de la plata para pagar lo que debía, y me devolvió una mirada llena de angustia.

—Yo no quiero. Nada de esto. Pero, cuando era chico, mi madre me llevó al quiosco de la vuelta de mi casa. Me dio cinco pesos y me dijo que yo podía comprar lo que quería. Se quedó afuera. Salí del lugar contento, después de haber comprado una bolsa enorme de caramelos. Ella no estaba. No volví a verla, nunca más.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Entonces, pagó los helados y siguió caminando junto con su carro de madera. Se detuvo metros más adelante, en el anuncio de un negocio que vendía tarjetas de teléfono.

No supe más de el, mi colectivo llegó y seguí con mi camino.

Kev Tynan #013 (Final)

Posted in Historias on 25/09/2009 by Rui

Estimados lectores, recomiendo leer este post con la canción Cast No Shadow de Oasis en el reproductor. Haciendo click en el link anterior (el nombre de la canción) van a poder escucharla.
Sí, es el final.

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Kev Tynan #012

Posted in Historias on 25/09/2009 by Rui

Me encontraba frente a este sombrío individuo, enfrentando la misma muerte. El Cazador estaba convencido de que yo de alguna manera ya estaba marcado. ¿Saben lo que significa eso?. Yo sí. La muerte.

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Kev Tynan #011

Posted in Historias on 25/09/2009 by Rui

Los guardias empezaron a gritar, saltaron hacia mí y me inmovilizaron en muy pocos segundos. Ni siquiera podía echarle un ojo a la hora, mi cara estaba siendo retenida contra la tierra mientras me revisaban y llamaban a más hombres para que viniesen. Que terrible sabor tenía ese suelo.

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Kev Tynan #010

Posted in Historias on 25/09/2009 by Rui

Tenía los pies congelados. Llevaba una caminata que podría llamar récord en mi viaje, sin parar ni un solo segundo. Para matar el tiempo mientras caminaba empecé a arreglar uno de mis relojes que había empezado a funcionar mal, probablemente a causa de un golpe.
No sabía mucho de reparación de relojes, solo lo que había aprendido con un libro -o un segmento de un diario, no recuerdo muy bien- llamado “¿Cómo ser un relojero en seis sencillísimos pasos?”. Aunque por ese entonces solía saltearme varios pasos y solo recordaba los primeros dos. “Ponga el reloj en un lugar cómodo con buena luz”. Ya con eso me saqué de la muñeca el artefacto y lo guardé en mi bolsillo. Algún día iba a repararlo, pero no iba a ser hoy.

Me detuve por un breve momento para ver si estaba en el camino correcto. Mi forma de caminar era lo más parecido a la navegación, podía perder rumbo en cualquier momento y tenía que detenerme para comprobar que me estuviese dirigiendo a buen puerto.
Algo chocó contra mi pierna izquierda, lo que me provocó un susto bastante considerable. Lector mío, ¿recuerda a ese gato llamado Cronos que encontré en la casa de ese hombre siniestro?. Parece que veía siguiéndome desde ese lugar. Impresionante resistencia, pensé. El gato, aunque yo le diera la espalda, mantenía el seguimiento de mis pasos como si yo fuera un líder de una secta. Como si yo fuera un presidente escoltado por un guardia peludo y hambriento.

Me compadecí por el pobre felino y decidí darle uno de los chocolates que llevaba, que tanto me gustaban. Era todo un reto dejarselo a un animal que tan mal me caía. Aunque de hecho, ya no me parecía tan repulsivo. Era como si tuviera fe en lo que yo hacía, me cuidaba las espaldas con una invisible e inútil protección gatuna.
El frío debía estar congelando mi mecanismo para odiar a los gatos. Y aprovechando eso, le hice una seña, como dándole el permiso para caminar junto a mí. El gato pareció comprender rápidamente y se situó a mi derecha.

Desde ese suceso, hace dos días, Cronos es una parte más de mi. La soledad de mi viaje ya no es tan importante. Era bastante idóneo tener alguien con quien charlar, aunque sin poder recibir alguna respuesta.
Ayer le conté acerca de mis relojes, del cucú que rompí cuando tenía siete años y como me esmeré para intentar repararlo leyendo un libro que ya ni recuerdo.

Entre todo esto, me sentí abrumado por una sensación que me recorría todo el cuerpo. No estoy seguro si era miedo o algún tipo de felicidad que me había temblar, y no del frío. Frente a mí, bajo un pequeño grupo de rocas amontonadas, estaba mi destino. Un cartel de un metal oxidado y bastante demacrado mostraba las palabras “R…T… 91-…”, lo que supuse hacía referencia a la Ruta 91-B, el punto donde en verdad comenzaría mi viaje.
Me escondí con cuidado en unos arbustos y empecé a observar que me esperaba allá adelante. Guardias, guardias y más guardias. Debían ser por lo menos doce en total, armados con la mejor tecnología militar de la que tenía pocos conocimientos, pero sabía que eran casi tan mortíferas como los difamados Cazadores.

Empecé a buscar lo que me habían dicho. Un agujero en la pared que permitía un paso total hacia el exterior. Pero no lo encontré.
Pensé que quizás estaba muy oculto y tomé unos viejos binoculares que tenía en mi bolso. Cerca de una suerte de carpa, el color de la pared era blanco. Sin embargo, el resto de los muros que me impedían pasar eran grises. Claramente habían tapado el agujero. Ya no había forma de pasar.

Tiré los binoculares al suelo y quedé paralizado por un momento. Cronos no movía un pelo, solamente observaba lo que yo hacía, esperando el momento en que perdiera la razón. Pero eso no iba a suceder. Tenía que mantenerme cuerdo; además, tenía un plan B.
Lamentablemente mi plan B era una especie de burla ya que tenía toda mi confianza depositada en el A. Alguna forma de darme más seguridad creyendo que realmente podría llevar a cabo algo así.

Miré hacia ese oscuro cielo y suspiré.
Era hora.

Me levanté, tome un poco de carrera y salté hacia la puerta de la intersección que llevaba a las afueras de la ciudad.
Los enormes faroles con los que patrullaban a la noche los soldados se situaron en mí, haciendo que no pueda ver bien. Eso ya no importaba, escapar de ellos solo me servía si realmente hubiera una forma de pasar. Y no la había. Al menos no en este plan B.

Empecé a correr.
Hacia los guardias.

– (La fecha no puede leerse, está escrita a la rápida)