Kev Tynan #010

Tenía los pies congelados. Llevaba una caminata que podría llamar récord en mi viaje, sin parar ni un solo segundo. Para matar el tiempo mientras caminaba empecé a arreglar uno de mis relojes que había empezado a funcionar mal, probablemente a causa de un golpe.
No sabía mucho de reparación de relojes, solo lo que había aprendido con un libro -o un segmento de un diario, no recuerdo muy bien- llamado “¿Cómo ser un relojero en seis sencillísimos pasos?”. Aunque por ese entonces solía saltearme varios pasos y solo recordaba los primeros dos. “Ponga el reloj en un lugar cómodo con buena luz”. Ya con eso me saqué de la muñeca el artefacto y lo guardé en mi bolsillo. Algún día iba a repararlo, pero no iba a ser hoy.

Me detuve por un breve momento para ver si estaba en el camino correcto. Mi forma de caminar era lo más parecido a la navegación, podía perder rumbo en cualquier momento y tenía que detenerme para comprobar que me estuviese dirigiendo a buen puerto.
Algo chocó contra mi pierna izquierda, lo que me provocó un susto bastante considerable. Lector mío, ¿recuerda a ese gato llamado Cronos que encontré en la casa de ese hombre siniestro?. Parece que veía siguiéndome desde ese lugar. Impresionante resistencia, pensé. El gato, aunque yo le diera la espalda, mantenía el seguimiento de mis pasos como si yo fuera un líder de una secta. Como si yo fuera un presidente escoltado por un guardia peludo y hambriento.

Me compadecí por el pobre felino y decidí darle uno de los chocolates que llevaba, que tanto me gustaban. Era todo un reto dejarselo a un animal que tan mal me caía. Aunque de hecho, ya no me parecía tan repulsivo. Era como si tuviera fe en lo que yo hacía, me cuidaba las espaldas con una invisible e inútil protección gatuna.
El frío debía estar congelando mi mecanismo para odiar a los gatos. Y aprovechando eso, le hice una seña, como dándole el permiso para caminar junto a mí. El gato pareció comprender rápidamente y se situó a mi derecha.

Desde ese suceso, hace dos días, Cronos es una parte más de mi. La soledad de mi viaje ya no es tan importante. Era bastante idóneo tener alguien con quien charlar, aunque sin poder recibir alguna respuesta.
Ayer le conté acerca de mis relojes, del cucú que rompí cuando tenía siete años y como me esmeré para intentar repararlo leyendo un libro que ya ni recuerdo.

Entre todo esto, me sentí abrumado por una sensación que me recorría todo el cuerpo. No estoy seguro si era miedo o algún tipo de felicidad que me había temblar, y no del frío. Frente a mí, bajo un pequeño grupo de rocas amontonadas, estaba mi destino. Un cartel de un metal oxidado y bastante demacrado mostraba las palabras “R…T… 91-…”, lo que supuse hacía referencia a la Ruta 91-B, el punto donde en verdad comenzaría mi viaje.
Me escondí con cuidado en unos arbustos y empecé a observar que me esperaba allá adelante. Guardias, guardias y más guardias. Debían ser por lo menos doce en total, armados con la mejor tecnología militar de la que tenía pocos conocimientos, pero sabía que eran casi tan mortíferas como los difamados Cazadores.

Empecé a buscar lo que me habían dicho. Un agujero en la pared que permitía un paso total hacia el exterior. Pero no lo encontré.
Pensé que quizás estaba muy oculto y tomé unos viejos binoculares que tenía en mi bolso. Cerca de una suerte de carpa, el color de la pared era blanco. Sin embargo, el resto de los muros que me impedían pasar eran grises. Claramente habían tapado el agujero. Ya no había forma de pasar.

Tiré los binoculares al suelo y quedé paralizado por un momento. Cronos no movía un pelo, solamente observaba lo que yo hacía, esperando el momento en que perdiera la razón. Pero eso no iba a suceder. Tenía que mantenerme cuerdo; además, tenía un plan B.
Lamentablemente mi plan B era una especie de burla ya que tenía toda mi confianza depositada en el A. Alguna forma de darme más seguridad creyendo que realmente podría llevar a cabo algo así.

Miré hacia ese oscuro cielo y suspiré.
Era hora.

Me levanté, tome un poco de carrera y salté hacia la puerta de la intersección que llevaba a las afueras de la ciudad.
Los enormes faroles con los que patrullaban a la noche los soldados se situaron en mí, haciendo que no pueda ver bien. Eso ya no importaba, escapar de ellos solo me servía si realmente hubiera una forma de pasar. Y no la había. Al menos no en este plan B.

Empecé a correr.
Hacia los guardias.

– (La fecha no puede leerse, está escrita a la rápida)

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