Kev Tynan #008

Me disculpo ante quien lea esto, pero tuve ciertos problemas para escribir el último día, así que voy a contarles en un resumen más o menos lo que pasó. Ni yo mismo se muy bien, pero voy a intentar escribirlo tal cual como sucedió.

Luego de despertar, en medio de la noche, luché contra un cansancio excesivo y me preparé para escapar de la casa de Albe. Tenía muchas dudas, pero después de lo que había ocurrido, no quería saber nada más con esa familia ni mucho menos volver a oler el olor de la madera de esa vieja cabaña.
Cuando salí, sentí por un momento, que en la oscuridad que estaba detrás de mi, el viejo me observaba, sabía que me estaba escapando y no parecía importarle.

A paso lento, con un dolor punzante en el pecho (por momentos), armado con lo primero que encontré de provisiones y agua, empecé a caminar por la ruta. Eran las cinco de la mañana, en punto, cuando volví a pisar el asfalto para continuar con mi camino. El sueño y el desorden mental de la noche anterior no dejaban de confundirme más y más. De repente, me desplomé sobre el suelo y perdí el conocimiento.

Desperté por la madrugada, cubierto de una manta harapienta junto a una fogata que parecía danzar por el viento que pasaba entre los recovecos de un pequeño refugio, probablemente no muy lejos de donde me había desmayado.
Junto a mí, no había más que un gato. Un gato negro. Observándome fijamente. Era el mismo que días atrás había encontrado en la casa de Albe. No me gustaba como me miraba, y para contrarrestarlo, me senté y empecé a observarlo. Nos miramos por unos cuantos minutos cuando se oyó una voz.

—Notable.

Era la voz de una mujer, no sonaba muy joven. Entre las sombras entró al refugio. Tenía los ojos cansados y traía leña para avivar el fuego.

—Había visto este gato un par de veces. Sé que vive por aquí. Pero nunca se acercó a nadie extraño antes. Solía escapar cuando intentaba darle comida. Con solo observarlo parecía asustarse y correr. Pero contigo es distinto. —La mujer parecía complacida.
—Debe ser que todos sienten cariño hacia un gato que vive en un lugar como este, frío y con pocas posibilidades para acceder a alimento. Yo soy distinto, a mí no me importa. No me caen bien los felinos.
—Ella sonrió —¡Qué interesante tipo! Ya que está acá, ¿Por qué no le pones un nombre?
—¿Para qué? Te digo que no me gustan estos animales.
—Volvió a sonreír —Entonces hacelo para darle un castigo. Que alguien que te odie te ponga un nombre debe ser terrible.
—Que cruel. Yo no soy tan malo.
—¿Un hombre con tantos relojes que no es cruel?
—Por un momento pensé en que Antonio tenía razón. Ya acercándome a la puerta estaba conociendo personas muy extrañas —¿Hay alguna relación entre la cantidad de relojes que uno lleva y la crueldad?
—Claro que sí. A alguien preocupado por el tiempo nunca le alcanzan los segundos para jugar con animales. Los empresarios, las personas que viven con el tiempo a sus espaldas, nunca se los ve acariciando un perro. Una persona así es cruel, tiene que serlo.
—Realmente no me importa. ¿Serías tan amable de decirme que pasó?
—Cruel, ¡cruel como un hombre vestido de traje!. Fue el gato, vino hasta acá y me indicó —No le pregunté nada al respecto— que lo siga. Y ahí estabas vos, tendido en la nieve. Me dabas lástima, pero ahora que se que sos una mala persona creo que hubiera sido mejor dejarte ahí.
—No soy una mala persona —le respondí rápidamente, casi ignorando todo lo demás.
—Entonces decime, ¿sos un viajero?
—Sí.
—Llevá al gato con vos. Pareces ser el único al que le cae bien, aunque vos no compartas ese sentimiento. Es un gato bastante viejo, no creo que le quede mucho de vida.
—Sería un estorbo.
—¿Ves?, ¡Cruel!.
—¡No lo soy!
—Ponele un nombre al pobre animal. Mirá, sigue observándote como si quisiera descifrarte. “¿Que tengo que hacer para que me aceptes?”. Eso dicen sus ojos.

Miré los ojos del gato. A mi parecer estaban vacíos como los ojos de un cuervo, no había nada ahí salvo instintos animales. Aunque me costaba muchísimo enfocar la vista en él.

—Está bien, voy a ponerle un nombre. Pero no pienso llevarlo conmigo.

Estuve pensando en muchas opciones. Entonces dije la primera que me pareció correcta.

—Gato. Es un bonito nombre, ¿no?. Se adecua a el.
—Que persona más malévola, ni siquiera te esforzaste.
—¡Por Cronos!, ¿Cuanto querés que piense el nombre de un gato?. ¿Te dije que soy un viajero, no? ¡Tengo que seguir mi viaje!.
—¿Cronos? ¡Qué bonito nombre!
—No lo es, así llamaban los griegos al dios del tiempo.
—Muy propio de vos. Es perfecto. Ahora tenés que llevarlo con vos.

Todo se empezó a oscurecer. ¿Perdía el conocimiento de nuevo?.

—Kev… Kev…

¿Alguien me llamaba?

—¡Kev! ¡Despertate!

Mi visión volvió y obtuve de primer plano, la cara de Albe, gritándome.

—Oh, por dios, pensé que la droga había causado algún shock en vos. ¿Estás bien?
—¿Qué… que pasó? —agarré la camisa de Albe para exigir respuestas rápidas— ¿Dónde esta la mujer?, ¿Y el gato?, ¡el refugio!.
—Albe se llevó la mano al cabello y empezó a frotarlo mientras se tomaba una pausa para pensar —Debe ser un efecto adverso de la sustancia que te dí. Sí, es posible. Te habrá confundido tanto que tus sueños habrán sido algo extraño.
—Entonces… ¿Estaba soñando?

Todo había sido un sueño.
Giré mi cabeza, y quedé paralizado, cuando en la ventana, a unos centímetros de mí estaba el gato negro. En su cuello llevaba una chapita de identificación. En ella figuraba, escrito en una manuscrita muy cuidada, el nombre “Cronos”.

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