Kev Tynan #006

Llevo caminando aproximadamente seis horas, nueve minutos y unos cincuenta segundos en este preciso momento. Decidí detenerme un momento para recuperar aliento y revisar las provisiones que había preparado para el viaje.
Una botella de unos dos litros con agua, de la que ya quedaba muy poco. Una pequeña caja con chocolates que había comprado en un negocio cerca de la salida a la carretera. Que por cierto estaban derretidos y tenían un sabor característico de este nuevo cacao experimental, un sabor que pretendía ser amargo pero no lo lograba, y efectivamente no se parecía mucho al clásico chocolate que brevemente conocía.
Por último, tenía en mi poder una especie de sopa instantánea que me pareció óptima para comer en este momento de la madrugada en que el frío parecía consumirme en totalidad y yo debía darle batalla de alguna forma.

Me detuve en una parada de colectivo cuyo techo me proveía de un pequeño refugio contra la nieve, a pesar de los agujeros por los que solían caer algunas gotas de agua producto de la nieve acumulada allí. Saqué de mi mochila mi cena, y un pequeño calentador que funcionaba con alcohol. Por ende, junto a el traía una buena cantidad de este y un mechero. En cuestión de minutos comencé con mi ritual de comer.
Mientras comía, observé un poco lo pobre del paraje que me rodeaba. Un árbol muerto cubierto por nieve le daba una apariencia lúgubre a mi aventura. Solo faltaban unos dos kilómetros hasta la casa que me había mencionado Antonio. ¿Qué me esperará allá?.

Volví a caminar a paso rápido para marcar lo que me quedaba de trayecto, ya que estaba deseoso de dormir y en estas circunstancias dormirme sería casi tan trágico como si estuviera al volante.
Al cabo de unos minutos divisé una pequeña cabaña de madera. Desde lejos, e incluso con la prominente nieve que bloqueaba la vista, podía notar que salía abundante humo de la chimenea del lugar.

Cuando me acerqué a la puerta, comencé a buscar la bolsa que me había dado Antonio con el fin de poder pasar de alguna forma en este lugar. Era curioso, ni siquiera había tenido la intención de ver que tenía adentro. Antes de que pudiese hacer sonar la rústica aldaba que se erigía en ese lugar, la puerta se abrió. De adentro salió una mujer bastante extraña. Tenía un rostro que escondía una expresión de que yo estaba ahí para molestar y que no era el primero. Rápidamente tomé la bolsa y se la dí.

—Me lo dio el viejo Antonio, dijo que con esto me dejarían pasar. Necesito un lugar dónde dormir.

La mujer no dijo nada, dio media vuelta y cerró la puerta.
Al cabo de unos segundos donde yo seguía preso de mi confusión, la puerta volvió a abrirse, esta vez mostrando a un hombre corpulento y con una barba larguísima y una cabellera despeinada, pero más de un lado, como si acabase de despertarse.

—Así que ese sigue vivo… La última vez que lo vi fue cuando estábamos en el borde de la frontera. En fin, ¿que se te ofrece, muchacho? —inmediatamente puso su mano en el cabello como sacudiéndolo y quitándose el poco orden que le quedaba en la cabeza.
—Necesito un lugar donde pasar la noche. Y probablemente unas cuantas provisiones.
—Pasá, hablemos mejor adentro, acá está refrescando mucho. Vamos a sentarnos.

La realidad no era muy parecida a eso, el clima no había cambiado en el trascurso de la conversación ni en los últimos ochenta minutos, obviamente se trataba de una excusa para que el hombre pudiera sentarse. No me quejaba demasiado, tenía las piernas exhaustas.

Una vez ambos nos acomodamos en una especie de comedor, él miró hacia una puerta, hasta que por ella apareció la mujer de antes, que sin decir nada se sentó en una de las sillas más alejadas de la mesa.

—Mucho gusto, mi nombre es Kev —Dije, esperando recibir un poco de información sobre la identidad de mis anfitriones.
—El gusto es mío, Kev. Yo soy Albe y esa chica de allá es mi hija. Pero por ahora no importa mucho que conozcas esos detalles.
—Albe, que curioso nombre.
—Lo mismo digo de Kev. ¿Es algún tipo de diminutivo?
—No. Simplemente es mi nombre de pila. Desde hace unos días al menos.
—Entonces —Albe empezó a balancearse en su silla como ansioso— supongo que lo que querés es cruzar la frontera. Salir al exterior. ¿Puedo preguntar el por qué?

Hasta ahora todas las personas que había encontrado, de alguna forma, lograban adivinar que quería salir de este lugar. Pensé por un momento lo difícil que era para mí esconder alguna clase de secreto, aunque este no fuera considerado como tal.

—La verdad, señor, es que simplemente quiero hacerlo. Y supongo que tengo la posibilidad. ¿Por qué dejarla pasar?
—Interesante respuesta para un hombre tan obsesionado con el tiempo —observando mis muñecas que dejaban ver mis relojes— Esperaría alguna clase de respuesta con una total lógica. Pero bueno, ¿Qué te pasa a ti que llevas todo eso? ¿Sabías que es ilegal?
—Es bastante ridículo. Una ley tonta. Como muchas otras. Voy a decir simplemente que me gusta saber la hora.
—Hasta donde sé, el tiempo es algo improbable, me parece extraño que alguien decida aferrarse a el de esa forma. Al menos alguien como tu, que tiene sueños ridículos como los de “cruzar”.

Este hombre no me caía nada bien. Era como si intentara hacerme cambiar de parecer con tonos burlones e insultantes que solo podían percibirse con su forma de mirarme.

—Mis sueños no importan. Tampoco importan mis relojes, ni nada de mi persona. Lo único que quiero es una cama, y algo de agua para continuar con mi viaje.

Albe observó a la muchacha sentada en el otro extremo de la mesa, y ella, casi como controlada por la mirada del hombre, sacó la bolsa que Antonio me había entregado anteriormente. La abrió y dejó al descubierto su contenido.
Era un pequeño frasco con un líquido de color azul. Junto a el, había un aparato similar a una vacuna pero accionado por algún mecanismo extraño.

—Eso —dijo Albe— es bastante llamativo, ¿Verdad?. Yo en tu lugar estaría asustado, creyendo que toda esta situación enfoca hacia algo peligroso. ¿No te da curiosidad saber que es?.
—No —respondí rápidamente—, no me interesa en lo más mínimo. Ya le dije, solo deseo una cama y un poco de agua.

Voy a admitir que me daba cierta curiosidad saber de que se trataba todo esto. Este hombre había mencionado estar con Antonio en la frontera. ¿Habrían viajado juntos? ¿Entonces este sujeto también había sido “Cazado”?.
Albe empezó a sonreír.

—Metadixterio, o “Sueño Eterno”. Una sustancia somnífera que podría dormir a cualquier criatura del planeta. Efectivamente, un humano no podría resistir sus efectos y moriría. Podría considerarse alguna clase de sueño que jamás termina. Por eso el sobrenombre. ¿Interesante, verdad?. Veo que estás confundido y solo querés dormir. Tenemos una habitación de huéspedes, mi hija te va a mostrar el camino. Mañana por la mañana podés juntar un poco de agua en el pozo que tenemos atrás.

Convencido por fin de esta resolución, seguí a la muchacha hasta una habitación cuya puerta crujió tanto al abrirse que pareció que hace años que no había sido usada.
Antes de que pudiera darle las gracias a la chica, esta había desaparecido. Menuda familia. No necesito saber mucho de ellos, al fin y al cabo, esto es como un hotel para mí, y las personas no se interesan por los dueños de un hotel en el que van solo para dormir.

Me lancé en la cama y esperé a que el sueño llegue a mí. No tardó mucho.

– 07/08/2039.

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