Kev Tynan #005

La estación de trenes había sido abandonada hace ya tres años, cuando empezaron a surgir los transportes impulsados por magnetismo. Como atracción turística sugirieron conservar el antiguo método de traslado, pero la petición fue rechazada pues evidentemente el turismo ya no es moneda corriente por acá.

Dejé al viejo Antonio reposando sobre una columna y me senté en el suelo para repasar mi plan hasta que se despertara. No había tiempo que perder. Tomé una tiza, y como si fuera un capitán dando instrucciones a un equipo, empecé a rayar el suelo con un mapa bastante mal dibujado. Hasta donde llegaban mis conocimientos, a través de la carretera 46-E podía llegar a la intersección dónde se unían las rutas 91-B y 90-B. Entre ellas había una brecha en el cercado militar, descubierta por el hombre que me dio esta información. Podría estar errada, y considerando eso, tengo un plan B. Un hombre sin un plan B no puede ser llamado hombre.

Pero no voy a contar ese plan, tengo un largo camino de pensamientos para perfeccionarlo. Además, escribirlo acá sería tentar a la suerte, sugiriendo que ineludiblemente voy a tener que recurrir a esa opción.

Para pasar la grieta de seguridad -según me dijeron- hay que tener en cuenta algo muy importante: el cambio de turno. Durante esos cuarenta segundos, la luz de vigilancia, y los ojos atentos de los guardias se detienen, permitiéndote atravesar el control. Pero resulta imposible cruzar esa distancia en ese tiempo a pié, por lo que voy a requerir algún tipo de vehículo que, supongo, conseguiré cuando esté más cerca, ya que es peligroso viajar en uno por las rutas una vez se está saliendo del centro de la ciudad. Suelen detener a cualquier persona sospechosa, y yo no hago más que ser sospechoso.

Antonio abrió los ojos de repente, mientras perpetró un bostezo que resonó con eco en toda la vieja estación. Se sentó y mantuvo su mirada sobre mí, que me encontraba realizando tranquilamente mis dibujos en el suelo.

—¿Vos de nuevo…?, ¿Qué hago acá?.
—Le salvé la vida. Se había quedado dormido y la tormenta no dejaba de empeorar. Estamos en la estación de trenes.
—Eso puedo verlo —contestó con un tono de reproche— Sin embargo no creo que sea razón suficiente que la tormenta empeore y que yo esté en este lugar. Sobreviví a peores cosas durmiendo afuera, y como me ves sigo acá.
—La realidad es que, como le dije antes, necesito su ayuda.
—¿Seguís con eso? Es imposible salir. Afuera están locos. Yo creía que acá estaban locos, pero no sabés lo que es ahí. Los Cazadores no son personas normales.
—No tengo miedo de eso. Le temo más a quedarme acá por el resto de mi vida, encadenado a leyes absurdas. Además, quiero ver el sol.
—El sol… Ese sol maldito. Si nunca lo hubiéramos tenido, nunca hubiera fundado aquella industria y ahora probablemente tendría otra vida, no estaría hablando con un tonto que sueña con quebrar las reglas.
—Probablemente si soy un tonto, señor. Es muy posible. Pero todos los soñadores somos tontos. Aquel marinero que partió a aguas desconocidas para encontrar nuevas tierras era un tonto. Aquellos que lucharon por sus ideales y murieron defendiéndolos probablemente también podrían ser llamados tontos. Pero al final, le dieron un sentido a sus vidas. Yo quiero darle un sentido a la mía.
—Bueno, —dijo, manteniendo una pausa alargada de indecisión— supongo que tenés razón. Yo también fui un tonto, y pagué por mis errores. Pero eso me hizo entender. Y parece que vos solo vas a entender de la misma forma.

La charla se prolongó unos minutos. Él me contó acerca de su fábrica de lentes de sol, de como una vez tuvo una vida feliz. Y al final, levantó la manga izquierda de su camisa y me mostró “La marca de los Cazadores”. Una persona que es encontrada en las afueras de la ciudad y es “cazada” recibe esa marca. Ésta, realizada con hierro al rojo vivo, mostraba la fecha en que la persona fue capturada y un símbolo emblema de la Patrulla Exterior con forma de una luna superpuesta con el sol. Parece que esa primer marca sirve a modo de advertencia. Si la persona con ella vuelve a ser capturada una vez más, se sabe que desaparecen, pero se ignora que clase de castigos se llevarán a cabo. Algunas personas sugieren que se tratan de prácticas tan sangrientas que harían llorar al más cruel psicópata.
Antonio parecía algo asustado cuando lo contaba. Parecía recordar lenta y dolorosamente el momento en que lo habían capturado. Debió ser muy duro, pero no quería hacer preguntas al respecto ya que él parecía evadir hablar sobre eso.

—No puedo acompañarte, pero puedo darte un consejo. En el kilómetro 32, un poco antes de llegar a un pueblo del que no recuerdo el nombre, vive un viejo amigo. Llevale ésto y va a dejarte pasar —me entregó una bolsa con algo pesado adentro—. Por lo menos vas a poder dormir en un lugar seguro. No puedo ofrecerte nada más, y de todo corazón creo que vas a fracasar. Pero bueno, algunos solo entienden de esa forma. Quizás cuando vuelvas podamos hablar de igual a igual. Y vas a volver. Todos vuelven.

Antonio se recostó y empezó a buscar una botella que tenía entre sus cosas. No quería decirle nada, pero en el camino hacia acá se había caído. Quizás intencionalmente decidí no levantarla. Lo necesitaba sobrio, aunque hubiera sido por un tiempo breve. Se hacía tarde y no era momento para despedidas ni agradecimientos. Sin decir nada, tomé mi mochila y fui hacia las afueras de la estación. La nieve no parecía darme tregua, pero eso ya no me preocupaba.

Empecé a caminar. En unos minutos llegué a la ruta 46-E. Eran las 23:31, así que esperé un minuto para poner mi pié sobre el blanquecido asfalto. Así mi viaje comenzaba, de manera forzada, en una hora capicúa.

Miré al cielo, como desafiándolo. Las palabras de Antonio no lograron acobardarme. Me dieron aliento. Esto iba a ser más divertido de lo que pensaba.

– 06/08/2039.

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