Kev Tynan #004

El suelo estaba demasiado frío como para continuar durmiendo, pero la nieve que caía afuera era demasiado abrumadora como para despertarme. Sin embargo, el despertador había sonado. Era hora de continuar con mi viaje.

Como un rayo me levanté, revisé que todos mis relojes estén en orden y me puse mis abrigos. En la radio pronosticaban un día tan frío como todos pero aún más. Recomendaban que nadie saliese durante la tormenta.
De cualquier forma, la persona que buscaba no tenía un hogar, así que no tenía otra opción que buscarlo en el gélido exterior.

Salí de la casa abandonada en la que llevaba viviendo unos meses, y la vi por última vez, ahora sí convencido de que no volvería a ver su blancuzco tejado junto a sus quebradas ventanas y su cartel de “Hogar Dulce Hogar” al que le faltaban más de la mitad de las letras.

Llegué caminando a la plaza, dónde el viejo Antonio dormía y pasaba sus tardes bebiendo e insultando a los peatones.
Me acerqué y antes de que pudiera saludarlo, empezó a gritar.

—¿Otro más? ¡Cuantas personas estúpidas hay en este mundo!

Por un momento pensé que realmente estaba loco, pero aún así me decidí a preguntarle.

—Discúlpeme usted, venía a preguntarle acerca de…
—¡Ya se lo que querés, querés que te diga sobre los Cazadores!, ¿No te das cuenta que estoy harto?, ¡Ya van cinco en esta semana que me preguntan por lo mismo!
—¿Cómo supo que iba a preguntarle sobre eso?
—Mirá… La gente nada más se me acerca por dos cosas. Cuando quieren que me vaya a dormir a otro lado se acercan con una mirada de superioridad mezclada con enojo. Cuando quieren información, se acercan como si yo fuese un sabio, mirándome desde abajo. ¿Acaso nadie puede sentarse a hablar de igual a igual con un viejo hombre en estos días?

Fue lo último que dijo antes de desmayarse, dejando caer una botella de algún tipo de alcohol que no supe reconocer. Lo admito, mi cultura alcohólica es muy escasa. Odio beber, me hace perder la noción del tiempo.

Odiaba tener que volver a mi cabaña, pero el viejo necesitaba mi ayuda. Si lo dejaba acá iba a terminar mal.
Lo subí a mi espalda y volví.

Cuando llegué, noté algo bastante interesante. La casa entera se había derrumbado. Me acerqué a un hombre que muerto de frío contemplaba los restos de mi cabaña de la que aún se desprendían montones de polvo.

—Que barbaridad… Es un milagro que no hubiese ningún vago viviendo en esta casa abandonada, ¡podría haber sido un desastre!

Me puse a pensar lo frágil que era mi vida. ¿Cuales eran las posibilidades de todo esto? Si me hubiera quedado unas horas más adentro por el frío, ahora estaría debajo de estos escombros.

Sacudí la cabeza, no era tiempo de pensar esas cosas. Tenía a Antonio a mis espaldas, una casa derrumbada frente a mí y un hombre que esperaba que le siga la conversación con algún comentario del tipo de “¡No se puede creer, eh!”. En vista de que la situación era caótica, me eché a correr al único lugar que recordé que tenía techo y podía mantenerme a salvo por un tiempo: La estación de trenes.

Empecé a alejarme a paso veloz. ¿Aquél hombre seguirá en frente de mi vieja cabaña, esperando que alguien le responda alguna obviedad?.
¡No son mis problemas, si no me apuro voy a morir congelado!. Tengo que pensar menos para guardar energía.

– 06/08/2039.

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